viernes, 29 de abril de 2011

Just YOU


Today I was having a walk with some friends around this little town in which I’ve been living during the last months. We decided to enter a shop that usually sells classy things, in most cases at excessive prices. But they have also interesting books, postcards, souvenirs, and gifts.
One of the books captured my attention, and, when I opened it, I found an anonymous poem. I liked it since the very first sentence. And, it made me realize that sometimes you yourself are enough. That you yourself may be the answer. For everything. For everyone. For YOU. 

One song can spark a moment; 
One flower can wake the dream. 
One tree can start a forest, 
One bird can herald spring. 
One smile begins a friendship, 
One handclasp lifts a soul. 
One star can guide a ship at sea; 
One word can frame the goal.



One vote can change a nation, 
One sunbeam lights a room. 
One candle wipes out darkness, 
One laugh will conquer gloom. 
One step must start each journey; 
One word must start each prayer. 
One hope will raise our spirits; 
One touch can show you care. 
One voice can speak with wisdom; 
One heart can know what's true. 
One life can make the difference 


You see, it’s up to you...


sábado, 23 de abril de 2011

Una pequeña locura


Ya llevábamos horas ahí metidos. Nos lo estábamos pasando muy bien, pero el DJ no era el de siempre, y la música no estaba siendo tan buena como solía ser. Empezábamos a estar cansados así que decidimos marcharnos. Fuera llovía. Y empezaba a hacer frío.

Nada más atravesar la puerta del local para salir, el aire fresco y el olor a lluvia me golpearon la cara. Y de pronto y sin ser completamente consciente de mis propias reacciones, volví a entrar. Me había despedido de él así que sabía exactamente dónde podía encontrarle. Le vi, me miró y me acerqué a él. La música estaba muy alta así que tuve que acercar mi boca a su oído para que pudiera oírme:

Can i do something and you promise me that you’r gonna forget it the minute after it happens?”

Me miró desconcertado pero asintió. Así que dominada por una fuerza interior que no sabía de dónde había salido, me acerqué y le besé. Llevaba mucho tiempo queriendo hacerlo y estaba cansada de sus juegos, así que me gustó sentirme dueña de la situación por un momento.

Quiso devolverme el beso, pero me aparté, le miré a los ojos y salí del local.
La lluvia comenzó a empaparme de camino a la residencia.

Al menos él estaría tan desconcertado como yo…

miércoles, 20 de abril de 2011

Nada permanece...


Y pensar…

Que cada rincón de tu cuerpo dorado era mío…

Que conocía cada pequeña porción de tu piel…

Y ahora…

Sólo quedan los recuerdos nublados… que se desvanecen como los castillos de arena que se lleva el mar…



jueves, 7 de abril de 2011

Premonición

 Este texto lo escribí hace casi un año, pero creo que es bastante adecuado para éste momento de mi vida. Nunca ha habido terceras personas, sigue sin haberlas. Pero ésta es la mejor manera que tengo de expresar mis sentimientos ahora mismo. Lo siento mucho.


La última vez que nos habíamos visto había sido tan distinta…  Aquélla vez yo llevaba fuera cinco meses. Me sentía tan sola, tan perdida… Le había echado tanto de menos. El reencuentro fue mágico. Ambos ansiábamos vernos, besarnos los labios, acariciarnos la piel, sentir el contacto. Sus ojos. Aprovechamos al máximo el poco tiempo del que disponíamos juntos. Sé que volví a irme con una sonrisa, pero también fui consciente de que algo nos había alejado, nos habíamos sentido tan distantes el uno del otro que necesitábamos el contacto para tapar ese agujero.

Nunca dudé de quererle. Ni siquiera ahora lo hago.

Pero este nuevo reencuentro iba a ser tan distinto… Seis meses después de la última vez que le había visto, me encontraba, en pleno mes de Julio, de camino a su casa. Por suerte, iba a estar sólo. Quizás así sería más fácil…

Por fin salí del tren… El calor hacía que mis piernas se pegaran al asiento. Algo realmente incómodo, pero no hay nada mejor que ponerse en verano que un simple vestido de tirantes y por encima de las rodillas. Unas sandalias, el pelo recogido en una coleta y unos sencillos pendientes de aro pequeños.

Llevaba todo el camino pensando en qué podría decirle o en cómo podría hacerlo. Ahora, frente a la puerta de su casa, no me atrevía a llamar al timbre. Como si no supiera qué es lo que me iba a encontrar al otro lado.

Al final llamé. La puerta no tardó más de dos minutos en abrirse. Al otro lado estaba él. Con su tez morena ahora más oscurecida por el sol, una camiseta blanca, un pantalón corto y el pelo revuelto. Y esos ojos tímidos que siempre me miraban con compresión y cariño y que, inexplicablemente, hacían que me sintiera más tranquila.

Entré y nos abrazamos, uno de esos abrazos que son al mismo tiempo un saludo y una despedida. Me cogió de la mano con ilusión y me llevó a su habitación. Nos sentamos en la cama y comenzó a hacerme preguntas sobre mi viaje, mis estudios, sobre mi vida al otro lado del Atlántico. También yo le pregunté. La mayoría de las cosas ya las conocíamos, pero queríamos, necesitábamos escucharlas en la boca del otro.

Comencé a sentirme más tranquila, pero ambos sabíamos la razón por la que yo estaba allí y no podía posponerla mucho más tiempo. Me levanté de la cama y comencé a pasearme por la habitación mirando al suelo.

“Javi…” empecé. “Yo…” Mi mente no respondía. Me había quedado en blanco. Ya no sabía qué decir. De pronto estaba nerviosa, angustiada…

Él se levantó, se acercó a mí y me cogió las manos. Me miraba a mí.

“Samantha…” dijo, “No hace falta que digas nada. Ya sé por qué estás aquí. Desde que nos decidimos a intentarlo sabíamos que esto podría pasar. Pero también sabíamos que necesitábamos hacerlo. Y yo no me arrepiento de nada.”

Hubo un silencio. Se le notaba nervioso. Siempre había sido la persona que mejor me conocía… Nos habíamos entendido tan bien…

“Mírame”. Posó su mano con suavidad sobre mi barbilla para que levantara la cabeza.

Levanté la mirada y me encontré con sus ojos oscuros. Me pregunté si en algún momento de mi vida volvería a encontrarme con unos ojos que me hicieran sentir tan en paz conmigo misma como los suyos.

“Sólo respóndeme a una cosa”, pidió. “¿Hay alguien más?”

Retiré la mirada. Aquélla pregunta me pilló desprevenida. No la esperaba.

“No” respondí, esperando parecer segura de mí misma.

“Samantha…” comenzó. “Siempre hemos sido sinceros el uno con el otro. Merezco que me digas la verdad”.

Ni siquiera ahora podía mentirle. Por alguna inexplicable razón que odiaría siempre no podía mentirle. Y lo último que quería era hacerle más daño.

Le miré directamente a los ojos: “No sé si hago lo correcto o si tendrá futuro. Pero necesito darme la oportunidad de conocer a alguien diferente. De intentarlo”.

Se quedó callado. Me sentía tan culpable…

“¿Te has enrollado con él?”. No había ni siquiera un matiz de reproche en su mirada.

“No”, respondí. “Sabes que yo nunca te haría algo así. Contigo he aprendido tantas cosas. No voy a olvidarte jamás”. Notaba cómo mi voz temblaba.

“Me enseñaste a querer”, la suya también lo hacía, como la primera vez que nos despedimos en el aeropuerto hace ya casi un año. La primera vez que le vi llorar. “Creo que voy a quererte siempre”.

Se acercó demasiado, su cuerpo estaba pegado al mío, su boca demasiado cerca de la mía. Y como si algo lo estuviera empujando hacia mí, se inclinó y comenzó a besarme. Me apoyó contra la mesa de su escritorio y me encontré devolviéndole el beso. Uno de esos besos que tienen la pasión y el sabor amargo de la despedida. Sus manos temblorosas acariciaban mis brazos. Las mías alrededor de su cuello.

No. Aquello tenía que parar. Después sería más doloroso. Con gran dificultad, me separé de él, pero seguí abrazándole. Él me devolvía el abrazo. El adiós entre dos corazones rotos que no olvidarían jamás. Un adiós profundamente doloroso.

Tenía que irme. Poco a poco me separé de él. Le miré a los ojos por última vez, cogí mi bolso y me marché. Cuando salí a la calle un torrente de lágrimas comenzó a correr por mis mejillas mientras bajaba la calle en dirección a la estación de tren.

“Yo también te querré siempre”.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Miami

Después de haber pasado una semana en la playa y con un tiempo totalmente veraniego, toca volver al frío, y, por lo visto, a la nieve. Sí, se prevé una tormenta de nieve para mañana. Y estamos casi en Abril, parece mentira.

La verdad es que ha sido un viaje increíble. Completamente relajado. Sin preocupaciones, sin prisas. Como si el tiempo se hubiese parado regalándonos esos cinco días sólo para disfrutar. Claro que también hemos pasado alguna que otra ventura.

Nada más empezar nos equivocamos de línea de metro y terminamos a las once de la noche en una estación perdida del Bronx con tres o cuatro personas de muy cuestionable apariencia. Por suerte una amable mujer nos sacó de nuestro error indicándonos el camino correcto. Cuando nos dimos la vuelta por fin conseguimos llegar al aeropuerto, el cual nos lo tuvimos que recorrer de arriba a abajo hasta que encontramos un lugar donde quedarnos hasta que saliera nuestro avión.

Por fin conseguimos llegar a Miami. Por supuesto nos perdimos intentando encontrar el hostal, nos recorrimos gran parte de uno de los barrios de la ciudad. Pero cuando finalmente conseguimos llegar, nos dimos cuenta de que el hostal estaba situado a apenas tres metros de la playa rodeado de innumerables hoteles de lujo. Lo bueno de los viajes es que siempre se conoce a gente interesante. En este caso conocimos a un catalán que llevaba viajando desde octubre por todo el mundo. Solo. Creo que hay tener bastante valor para hacer eso.

El ambiente de Miami por supuesto es inigualable. Coches de lujo, hoteles increíbles, hombres y mujeres de pieles bronceadas y que parece que acaban de salir de un anuncio de revista, sol, playa, palmeras, fiesta... Absolutamente todo lo ideal para desconectar y pasárselo bien.
Modelo: Patricia Felix
Fotografía: Claudia Robles/Sara García

Tomar el sol en Miami Beach y cenar en Ocean Drive hace que te sientas como si de verdad fueses alguien importante, dueño de algunas de esas impresionantes casas con vistas al mar o a alguno de los canales. Sin olvidar la cena en los 100 Montaditos para recordar la patria añorada. Un mal jamón serrano y una seca tortilla de patata nos acercan un poco más a nuestro lejano hogar.

Claro que creo que lo mejor fue el viaje de vuelta. Después de cancelar nuestro vuelo y de que consiguiéramos que nos metieran en “stand by” en otro que llegaba lo suficientemente pronto para no tener que pasar la noche en la estación de autobuses de Nueva York, teníamos 45 minutos para pasar los controles y llegar a la puerta de embarque sin siquiera saber si habría sitio suficiente para todos, pues había cuatro personas delante de nosotros, y eso sin contar con que uno había perdido el pasaporte… Cuando por fin conseguimos llegar, sin saber cómo ni por qué aparecimos los primeros en la lista y entramos todos al vuelo. Y lo más increíble es que cuando llegamos a la estación de autobuses no tuvimos que esperar ni 15 minutos.

Sin embargo, en este momento, la sensación de verano en pleno Marzo, descoloca bastante. Sobre todo cuando al volver hay una pila ingente de cosas por hacer: ensayos, exámenes, deberes… del calor húmedo al seco frío en menos de un día. Y ahora contando los días que quedan para las próximas vacaciones…

lunes, 14 de marzo de 2011

A veces

A veces es todo o nada. A veces no sabes qué hacer. A veces te sientes confuso. A veces crees que nada merece la perece la pena. Y a veces te crees capaz de comerte el mundo.

A veces nos perdemos. No importa si nos perdemos en una ciudad desconocida o en un mar de pensamientos sin sentido. Simplemente no encontramos el camino. Entonces hay dos opciones, la primera es vivir una aventura, seguir el camino aunque no sepas a donde te lleve. No pensar y simplemente dejarte llevar, por el instinto, por tus sentimientos. La segunda es lamentarte eternamente de haberte perdido. 

La vida es un continuo camino de perdición. En el que la única manera de vivir es seguir adelante. Un paso detrás de otro. La mejor manera de aprender es equivocarse. Para poder saborear el éxito primero has de fracasar. Si crees merecerte un descanso, primero has de estar cansado. Para poder vivir no hay que tener miedo a enfrentarse a nada. O bien enfrentarse a esos miedos. No vale la pena lamentarse, castigarse o pensar demasiado. Importa seguir caminando. ¿Para qué perder el tiempo pensando en lo mal que hemos hecho algo si ya está hecho? Sólo levántate y sigue adelante.

Amar. Amar lo que haces. Amar lo que eres. Amar las oportunidades de la vida. Amar a quien te importa. Luchar por lo que quieres. Tener una ilusión.

La vida es fácil, sencilla y dinámica. No merece la pena complicarla. No pierdas el tiempo pensando en algo que no te va a llevar a ninguna parte y no te va a hacer feliz.  Sólo vive, siente, déjate llevar. A fin de cuentas, si algo tiene solución ¿para qué te preocupas? Y si no la tiene ¿para qué te preocupas?




domingo, 6 de marzo de 2011

Tormenta


Sentada en la cama, con la mirada baja reflexiona sobre todas aquellas cosas que le han hecho llegar hasta ese preciso momento de su vida. Una tormenta fuera hace juego con su ánimo y el hilo de sus pensamientos. El agua no elije caer. Pero ella eligió estar allí. O de eso quiere convencerse. Nunca se paró a pensar en las consecuencias, en lo correcto o incorrecto de su decisión. Sólo intentaba vivir cada día, uno detrás de otro. Igual que las gotas de lluvia caen una detrás de otra. La lluvia derrite la nieve que arrastra consigo las conclusiones perdidas, imposibles de alcanzar.


Ahora todo resultaba confuso. Todo parecía tan gris, triste, perdido e inseguro como el cielo de la tormenta. Miles de pensamientos y sensaciones diferentes pasaban por su cabeza en tan sólo un segundo. Incapaz de diferenciar qué es aquello que siente de aquello de  lo que intenta convencerse.

Y lo único evidente es que el cielo llora las lágrimas que ella no derrama.