martes, 16 de abril de 2013

Querida International Family





Hace tiempo que vengo recordando, y quizás, echando de menos, todas aquellas noches sobre las que siempre hay algo que contar. Todas aquellas noches que apenas se recuerdan al día siguiente pero que son siempre tema de conversación en la mesa del desayuno.

Sí, esas. Todas esas noches. Esas en las que dices “Hoy no salgo” pero te convencen (o te dejas convencer) para salir. Las de “Hoy vuelvo pronto” pero apareces con los zapatos en la mano a las 6 de la mañana. Esas en las que te habías propuesto madrugar para ir a la Biblio pero pierdes todo el día recuperándote de la juerga porque… aún queda el Domingo.

Esas noches que crees que serán las más sencillas o aburridas. Esas que sabes dónde empiezas pero no dónde terminas. Esas que acaban siendo las mejores. Todas esas aquéllas noches en las que siempre sabías a dónde ir si querías encontrarte con todo el mundo.

Las noches de salir los martes, las de Tower Hour los jueves, las de Happy Hour los viernes. Las de beber cerveza verde el día de St. Patrick y disfrazarse de Súper Ñ por Halloween. Las de acabar bailando encima de la mesa, las de “yo nunca” y las de reírse por todo.  Las de conseguir los hielos en Hasbrouck para las copas y comprar la garrafa de tres litros de vino para el calimocho. Las de hacer pre-game en la suite de Marcello y Miguel, que llame la policía a la puerta y correr a escondernos en los armarios. Las de cantar “física o química” y caminar de noche por el lago helado. Las de los rincones oscuros en Cabaloosa y P&G’s. Las noches con las listas de reproducción llenas de temazos.

Por todas aquéllas noches.
Por todos vosotros.
Por nuestra international family. 










miércoles, 30 de enero de 2013

Porque, a veces, da miedo...



Cuando nos enfrentamos a grandes cambios en la vida siempre surgen un montón de dudas y afloran un buen puñado de miedos que ni siquiera sabíamos que teníamos. Sobre todo, si tenemos que enfrentarnos a ese gran cambio solos. Es en estas ocasiones cuando se vienen a nuestra mente todos estos típicos de “con lo a gusto que iba a estar yo si…” o “quien me mandaría a mi meterme en esto…”

Es fácil empezar a preguntarse si de verdad es eso lo que queríamos. Si no hubiera sido más sencillo quedarnos donde estábamos y tener más tiempo para otras cosas, en vez de tener que quedar a la altura de las expectativas que la gente a tu alrededor espera de ti... Si no hubiéramos sido más felices con la opción más fácil. Y entonces, nos damos cuenta, de que la opción más fácil no es la solución. Nunca lo ha sido. Porque no nos habríamos conformado con ella. Pero no por ello dejamos de sentir miedo a los grandes cambios.

No es extraño preguntarse si lo que pasa es que nos hemos vuelto unos cobardes. Si preferimos echarnos atrás por miedo en el último momento y olvidarlo todo y seguir con nuestra vida de siempre. Salir corriendo y refugiarnos en los brazos de quien nos quiere.  Pero, de nuevo, esa tampoco es la solución. Y nunca lo ha sido. Porque hay que aprender a superar los miedos, y, aun a riesgo de repetir lo que siempre se dice, ésta es la única manera: enfrentarse a ellos. Hacernos creer a nosotros mismos que somos más valientes de lo que realmente somos en un vano intento de tranquilizarnos.

Y la gente a tu alrededor sólo te dice que todo irá bien. Pero no por ello te sentirás mejor, ni más tranquilo ni te volverás más valiente. Así que, supongo, que lo único que queda por hacer es ir dando un paso detrás de otro, poco a poco. Esperando que las decisiones que tomes sean las correctas. A pesar de que desconoces por completo las consecuencias de cada uno de esos pasos.

viernes, 26 de octubre de 2012

Pequeñas Ilusiones



“No me puedo creer que haya vuelto a pasarme esto. ¿Pero cómo he podido ser tan tonta?” Pienso para mí misma. Son las 9.55, hace 15 minutos que habíamos quedado, el autobús llegará en 5 minutos y yo sigo aquí plantada y sin billete. Él nunca se retrasa… ¿debo suponer que lo ha hecho deliberadamente? Hace frío, me subo el cuello del abrigo, meto las manos en los bolsillos y empiezo a dar vueltas de un lado a otro de la estación. Se nota que dentro de poco llegará el invierno. Por suerte hoy hace un sol espléndido. “Indian Summer” como dicen los americanos. Un rayo de luz en medio del otoño. Ese precioso otoño neoyorkino en que las hojas de los árboles adquieren colores jamás imaginados. Es un día prometedor para pasar en la ciudad. Sí, definitivamente, si no se presenta, me iré yo sola. Quiero ver el edificio de la ONU y me muero de ganas de pasar por el Lincoln Center. Me pregunto qué obras de ballet representarán esta temporada…

Intento distraerme pensando en otras cosas, pero está claro que no funciona. Estaba siendo un semestre demasiado aburrido y deprimente hasta que él apareció. Había dejado de sentirme sola. ¿Por qué siempre me ilusiono? ¿Por qué no puedo ser cómo esas personas capaces de controlar sus emociones que nunca les afecta nada? Bueno, al menos me estoy reconociendo a mí misma que desde luego me había ilusionado con él. Es un primer paso. A pesar de estar recibiendo señales contradictorias por su parte, no he podido evitar que un rayito de esperanza se colara entre mis sentimientos. “¡Mierda, mierda mierda!” Es que soy tonta. Y definitivamente demasiado dramática. Veo entrar y salir a la gente de la estación con sus billetes. Casi todos esperamos el mismo autobús. Pero ninguna cara conocida.

Empiezo a mirar inquieta cada dos por tres a la acera por la que él tiene que aparecer. No coge el teléfono. “¡Desengáñate! No va a venir… “ Mi subconsciente me mira con cara de “te lo dije”. Suspiro sintiéndome decepcionada y miro una vez más a la acera negándome a pensar que voy a tener que irme sola.

Y entonces le veo. ¡Ha venido! Noto cómo se me ilumina la mirada. Se acerca sin parar de correr, con la bufanda en la mano y su abrigo gris de paño largo desabrochado. Tiene pinta de venir corriendo desde la residencia. Me mira pidiéndome disculpas y dedicándome una de sus mejores sonrisas. No sé que me pasa con éste hombre que es capaz de hacerme cambiar de humor tan drásticamente. No sé si está bien que él pueda influir tanto en mí y en mis sentimiento. Pero no puedo evitarlo.

Entramos corriendo en la estación a comprar los billetes. Y justo a tiempo porque acaba de aparecer el autobús. Y así, sin más, gracias a él, se desvanecen todas mis preocupaciones y mis dudas. Y sólo por esa preciosa sonrisa que me dedica, tengo la certeza de que hoy será un día inolvidable. 

domingo, 7 de octubre de 2012

Todos los días de mi vida



Cruzábamos uno de esos antiguos puentes de piedra sobre el río Sena, con estatuas y farolas de estilo antiguo a cada lado como única compañía en aquélla noche estrellada. Nos detuvimos al borde del puente observando las tranquilas aguas del río. Me abrazó por detrás apoyando su barbilla en mi hombro. Con sus manos rodeando mi cintura, como si no quisiese soltarme nunca. Ambos sonreíamos en la complicidad de la noche, aturdidos ante ese sentimiento de felicidad que no hace más que hacerte sentir en paz contigo mismo y con el mundo. Como si todo fuera fácil y cualquier problema tuviera solución.

Hacía frío, así que le cogí de la mano con la intención de que prosiguiéramos nuestro camino hacia aquel pequeño y antiguo hotel en el que nos alojábamos a orillas del famoso río francés. Sin embargo, él me atrajo hacia sí y me rodeó la cintura con uno de sus brazos. Los ojos le brillaban al mirarme, como si fuese la única mujer sobre la faz de la tierra. Me encantaba sentirme su tesoro. Me hacía sentirme especial.

Y entonces lo vi. Sin que yo me diera cuenta, había aprovechado para meter la mano en el bolsillo de su abrigo desabrochado y ahora me presentaba una pequeña caja aterciopelada, de color negro y no más grande que su puño.

“Me haces tan feliz…” susurró. Mis ojos comenzaron a humedecerse por la emoción mientras el abría la cajita y en su interior aparecía un delicado solitario montado sobre oro blanco. “¿Quieres casarte conmigo?”

Me miraba con la dulzura propia de la devoción. Sus ojos brillaban emocionados y pude notar sus nervios en su abrazo. “Sí” susurré, desde lo más profundo de mi corazón, mientras una lágrima de dicha se derramaba por una de mis mejillas.

Pude notar su tranquilidad al oír mi respuesta. Me puso el anillo, y muy seguro de sí mismo, me besó con ternura. Después de tanto tiempo, todavía me sorprendía seguir sintiendo ese nudo en el estómago cada vez que me besaba de esa manera tan íntima. Aquel era el principio de una nueva vida para ambos. La vida que habíamos estado esperando. Y así, caminamos abrazados de regreso al hotel, con las calles empedradas de París y la luna como únicos testigos.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Transición



A veces no podemos evitar sentirnos solos, perdidos, confusos y desconcertados. Con lo que nos rodea, con nosotros mismos. Hoy, después de hace ya no sé ni cuántos meses que no escribo, vuelvo a recuperar esa parte de mí misma. Madrid llora con la primera tormenta del otoño y yo con ella. Se avecinan cambios. Das vueltas en la cama sin poder dormir y te preguntas cuál es el sentido de las cosas. Cada nueva pregunta, en vez de una respuesta trae consigo más preguntas. Buscas un camino que seguir, una mano que te guíe, una luz que te ilumine, alguien a quien pedir ayuda. Pero no encuentras nada, sólo el vacío. Y frente a él tu mismo. Sin saber qué hacer o a quién recurrir. Intentando encontrar dentro de ti mismo una respuesta que no existe, una explicación a un sentimiento que desconoces y unas lágrimas que ni siquiera sabes por qué se derraman.

Y sin saber qué camino tomar. ¿Autorrealización? Y eso, ¿qué es? ¿Quién dice que vas a sentirte más realizado contigo mismo encontrando el éxito profesional que formando una familia? ¿Qué es la realización personal? ¿Felicidad? ¿Quién dice que podrás ser más feliz con un buen sueldo que al lado de la persona a la que amas? ¿Quién tiene poder para decidir sobre los sentimientos de los demás?

Nadie dijo que la transición entre el mundo académico y el mundo laboral fuera fácil. Pero no pensé que me perdería tanto en el camino. Y que sería mucho más que una simple transición en ese campo. Con sentimientos opuestos, encontrados y que se castigan unos a otros. Sin siquiera poder identificarlos. Esperas tener un futuro, pero ¿y si no lo encuentras? O peor, ¿y si lo encuentras pero no te corresponde?

Tan perdidos en medio de la nada. Y, al final, te das cuenta, de que sólo tu eres la clave y la respuesta. Que el futuro es incierto e impredecible. Que la ayuda que necesitas está dentro de ti mismo. Y que no tienes que encontrar el camino, sino crearlo.